jueves, 29 de junio de 2017

54. INSPIRACIÓN EN EL MUSEO. De Nespe


Cuando faltaba poco para cerrar las puertas del museo, y sin que nadie lo viera, el escritor entró sigilosamente al salón de exposiciones escabulléndose tras unas vitrinas que exponían una variedad de ejemplares fósiles de  pájaros. Siempre había sido un niño solitario, capaz de pasar horas leyendo novelas de misterio y terror. Con los años se especializó como escritor en ese género literario y era intuitivo y sagaz a la hora de concebir sus obras, a pesar de ser un hombre tímido e introvertido.
Oculto en el lugar donde se encontraba, observó como se retiraba el último visitante, acompañado por la hermosa encargada de la atención del museo, quien luego de despedir al hombre con un ardiente beso, cerró la puerta de ingreso. Cuando ella se dirigió nuevamente a sentarse detrás del mostrador la siguió silenciosamente..
Después de discutir apasionadamente con ella, retornó al solitario salón de exposiciones, fue hacia una gran mesa, buscó una silla y se sentó para tranquilizarse, porque estaba nervioso y desesperado. Cuando poco a poco la inspiración comenzó a invadir su mente, sacó un bolígrafo y comenzó concebir un relato de terror en unas hojas que estaban sobre la mesa. Luego de concluirlo, pensó que ya había llegado el momento que él había signado, aferró con vigor la empuñadura de una  filosa navaja que tenía en el bolsillo de su saco y se cortó la yugular. 
Al día siguiente, cuando el cielo iniciaba paulatinamente a descorrer el velo de la larga y angustiosa noche, aquel museo estaba aún en penumbras. Al llegar la mujer que realizaba la limpieza, ya nadie vivía allí. El brillo de la navaja reflejaba tenuemente la imagen del cuerpo sin vida del escritor, que se encontraba apoyado en la mesa sobre el  relato ensangrentado, que trataba de un hombre inmerso en celos alocados, que había cometido un terrible crimen pasional. La trágica escena, estaba en respetuoso silencio en aquel majestuoso ambiente con el cuerpo lacerado de la encargada del museo, apoyado dulcemente sobre el mostrador.

Seudónimo: Nespe

53. NOCTURNO. De El pájaro azul


Cuando se largó a llover, buscó algún reparo; pero las casas, pegadas hombro con hombro, carecían de cualquier gesto amable. Entonces descubrió que había un paraguas en medio de la calle. De tres zancadas llegó hasta él, lo abrió y volvió sobre sus pasos. Era un buen paraguas, como los de antes, con asta y mango de madera. Agradeció su suerte y caminó sin apuro. Poco le importaba que ahora lloviera a cántaros: bajo aquel paraguas la lluvia le parecía una cosa lejana, que sucedía en otra parte. Al cabo de unas cuadras notó que un hombre caminaba a la par de él, pero en la vereda de enfrente, y que no llevaba paraguas. Apretó el paso, y el otro hizo lo mismo. Aminoró la marcha, y el otro volvió a imitarlo. Bufando, se detuvo y se acercó al cordón de la vereda. El otro también se acercó. Y de repente se sintió intimidado por aquella mirada aviesa y sin fondo. Aun así, se cargó de valor.
—¿Qué quiere? —le dijo.
—No se trata de lo que yo quiera, sino de lo que usted me va a tener que pedir —le respondió el otro, y desapareció al amparo de un relámpago.
Poco después, al llegar a su casa, el hombre intentó, primero, cerrar el paraguas, y luego, como no lo conseguía, dejarlo en la calle. Mas ahora el mango era una mano que oprimía con creciente fuerza a la suya. Azorado, apartó la vista, y volvió a ver al otro, en la vereda de enfrente, jugando con un bisturí entre los dedos de su única mano.
Entonces, dejó de llover.

Seudónimo: El pájaro azul

52. TERRORES. De Mar


Es de noche. Todo en mi casa está apagado salvo el televisor de mi habitación que proyecta una tenue luz. Me dirijo al baño antes de ir a dormir. Es un recorrido corto, pero se vuelve más largo en medio de la oscuridad de mi casa, donde mi mente me asalta recordándome todas las películas de terror y creepypastas que he visto. Mis pasos vacilantes y sentidos alerta reciben apoyo de la pequeña luz de mi celular, con el que alumbro mi paso. Con cada parte del trecho que voy pasando, mi mente juega conmigo llenando el espacio con personajes de terror que me siguen, y siento que no estoy a salvo. Me convenzo de que solo es mi imaginación y sigo mi recorrido. Finalmente llego, enciendo la luz, cierro la puerta y paso el espejo, negándome a mirar mi reflejo por la mala sensación que me provoca. Me siento en el trono, pensando que por ahora todo ha acabado, pero sintiendo miedo de igual forma, pues no puedo vigilar mi espalda. Cierro los ojos solo un momento, intentando relajarme. Escucho pequeños sonidos y abro los ojos para mirar a mí alrededor. Nada. De nuevo intento relajarme, cerrando los ojos. Un ser hace su aparición en el baño, se acerca a mí y yo lo miro, destila maldad. Su sonrisa maligna revela sus intenciones, y el miedo me paraliza. Se acerca más, y yo sé que es el final, intentaría correr si no estuviera acorralada… No debí bajar la guardia.
Abro los ojos de golpe con el pulso acelerado, me he quedado dormida en el baño, ha sido solo un sueño. Me apresuro a salir, recordando el oscuro trecho, pero viendo la luz tenue del televisor al final del pasillo. Camino rápidamente de regreso a mi habitación, ignorando las jugarretas de mi mente y cierro la puerta con prisa, sintiéndome más segura. Al dar vuelta, me sobresalto, pues hay una sombra escondida en la oscuridad, solo pude notarla por la poca luz. La misma sonrisa maligna. Se acerca lentamente… Esta vez no tengo escapatoria.
Esta noche dormiré, para ya nunca despertar.

Seudónimo: Mar

miércoles, 28 de junio de 2017

51. MANIÁTICAS. De Clara Aurora


Curioso: La palabra significa "persona que sufre o padece alguna manía como un cuadro clínico o trastorno". Para las protagonistas de esta historia, se refiere a un grupo familiar conformado –nadie sabe desde cuándo–, por veinte primorosas manos que ocupan el ático de una casa abandonada en la sierra. Ese es su hogar. ¡Su mundo perfecto! Se comunican con lenguaje de señas que han inventado y ningún habitante puede entender.
Los dedos índice y corazón, son los brazos; anular y meñique, las piernas; pulgar, la cabeza y, la palma de la mano, el tronco. Sería divertido verlas contoneándose por el recinto donde al parecer, la pasan de maravilla en medio de quehaceres y mudas conversaciones.
Una docena se dedica a tocar instrumentos, el resto forma parte del coro. Los vecinos oyen acompasados sonidos. No les hacen caso. Han aprendido a convivir con ellos. (Si investigaran, descubrirían que se trata de las maniáticas en plena acción).
Recostadas en la alfombra reconocen que algunas han envejecido. Esta circunstancia para nada las amilana. Por el contrario, las impulsa a continuar sumando experiencia. Se ufanan de ser portadoras de múltiples pecas anheladas por las jóvenes que se conforman con ser, por ahora, tersas y sin mancha.
Para mover sus pomposas figuras no necesitan salir del aposento. Así son felices en su universo maniático. Pero hoy, un fatal suceso las obligó a asomarse a la ventana: la más pequeña trepó por la cortina, con tan mala suerte, que cayó al pavimento.

Seudónimo: Clara Aurora

50. JUNTOS POR SIEMPRE. De Saladim Farishta


Cuando se conocieron, él le dijo que quería estar a su lado siempre y en todo momento. Esta afirmación nunca fue tan cierta como aquella noche en que ella regresaba de casa de una amiga y descubrió que una silueta con la que estaba familiarizada la seguía, camuflando su presencia entre las penumbras de las calles mal iluminadas.
Fingió no haberlo visto y aligeró el paso.
Al llegar a la puerta, se apresuró a buscar las llaves dentro de su bolso.
No estaban.

Seudónimo: Saladim Farishta

49. PALADAR EXIGENTE. De Hari Seldon


Me acaban de matar y me siento aturdida, nunca he estado muerta antes, así que decido volver a casa. Al llegar, como Lázaro está preparando la cena, aprovecho para cambiarme, el olor a pólvora me incomoda. De un tiempo a esta parte insiste en cocinar pero no me acaba de convencer el resultado. Mientras cenamos me explica los chismorreos del día, aunque apenas lo escucho. Por primera vez me descubro a mí misma devorando su comida con verdadero deleite. Vemos una película de zombis, a él no le acaban de gustar, son demasiado fantásticas y prefiere personajes con los que pueda identificarse. Nos vamos a la cama, está cansado y me pregunta si no me importaría recoger. Ahora me doy cuenta de que el problema era mío, no cocina tan mal como pensaba. Limpio el suelo antes de acostarme porque si dejo secar la sangre cuesta mucho de quitar. El otro día, el hígado no me pareció tan exquisito como hoy.

Seudónimo: Hari Seldon

martes, 27 de junio de 2017

48. EL DIABLO, EL MUERTO Y EL BORRACHO. De Waque


Estaba malparado en una esquina el diablo, a su lado un borracho y en el piso un muerto.
El borracho decide dejar de tomar por que teme terminar como el muerto tirado en el piso.
—Voy a dejar de tomar – Dice el borracho, empujando la cabeza del muerto que yacía en el piso sin decir nada.
—Me parece bien – Contestó el diablo chasqueando los dedos y creando una llamita sulfurosa para encender un cigarro, dejando caer una pequeña braza sobre la mano abierta del muerto que no dijo nada.
—¡Y vos no vas a hacer nada para impedirlo! – Se exaltó el borracho pisando sin querer los dedos del pie descalzo del muerto, que no dijo nada.
—Me parece bien – Contestó nuevamente el diablo haciendo volutas de humo que rodearon la cabeza del muerto que seguía sin decir nada.
—¿Esto te quedó claro? – Gritó el borracho.
—Claro... como el vodka – Replicó el diablo con una sonrisita enigmática.
Y ambos se adentraron en lo oscuro de la noche dejando en el piso al muerto que no le quedaba nada por decir.
Seudónimo: Waque

47. LA CIFRA. De La Strega


El matemático había convertido su trabajo en obsesión.
De distintos institutos lo llamaban para solucionar  los problemas numéricos más difíciles y fue así como se encontró con ésta ecuación imposible de resolver, hallada en un arcaico manuscrito.
Ni siquiera las máquinas más modernas arrojaron una luz sobre este enigma, entonces usó la computadora más avanzada conocida por el hombre: su cerebro.
Finalmente, luego de semanas, que se convirtieron en meses, lo resolvió.
 A partir de entonces el hombre no pudo conciliar el sueño nunca más.
El resultado de la ecuación era un solo número…
Y latía...

Seudónimo: La Strega

lunes, 26 de junio de 2017

46. CÁNTICOS. De Talipot


Su carne era verde, verde como la oliva. Llevaba años encerrado en ese tenebroso establo. Debía salir, tenía que liberarse de las cadenas que le oprimían el cuello.
Los días pasaban y pasaban mientras escuchaba el ruido confuso del exterior. ¿Eran seres vivos los que entonaban esos cantos satánicos? ¿Eran espectros enviados desde el más allá? Qué más daba. Día y noche, noche y día, se oían voces tenues que susurraban horribles cánticos. No comprendía lo que decían, parecía que invocaban al mismo Belcebú.
—¡Aarg! —gritaba para que se callasen.
Nadie lo escuchaba, nadie sabía de su existencia. Nadie le prestaba la más mínima atención, nadie se preocupaba por él. ¿Qué es lo que planeaban? ¿Por qué cada día y noche se escuchaban esos cánticos horribles? ¿Querían decirle algo? 
El sonido empezó de nuevo. Esta vez era más fuerte, más potente. Un olor a benjuí inundó el establo. El portón se abrió y una luz fulminante le cegó. Enseguida, comprendió qué sucedía. Las ánimas en pena que flotaban por el camposanto, venían a guiarle a su nuevo hogar. Las mismas que habían estado avisándole durante día y noche, noche y día.
—¡Aarg! —gritó lleno de cólera.
—¡Pagarás por tus pecados, bestia inmunda! —escuchó desde la claraboya.
En pocos minutos, el establo se quedó vacío. Las cadenas volvieron a su lugar original y el olor a benjuí se difuminó.
Bajo el manto de paja sobre el que había reposado el prisionero, aparecieron un hacha ensangrentada y dos pequeñas piezas de marfil, similares a incisivos humanos.

Seudónimo: Talipot

domingo, 25 de junio de 2017

45. PARAISO. De Dante Ferré


Sus oraciones matutinas lo esperaban. Se le hacía tarde. Debía llegar. Atrás ya había quedado la Gran Vía de Barcelona y el incidente con el tranvía. Su moderna y novedosa marcha eléctrica los hacía ahora ciertamente silenciosos, y, sin llegar a alcanzar aún lugar seguro en el otro lado de la calle, en breve descuido, la desmesurada caja rodante lo golpea a la altura de los hombros derribándolo. Le parece percibir el peso de unas ruedas transitándolo rápidamente, pero no era posible: ningún tipo de dolor vino a anticiparle tamaña fatalidad. Se levanta de un salto, golpea con la gorra sus ropas para quitarles el polvo del camino y continúa su marcha. La gente lo observa extrañada, o quizá, con exagerado respeto, al tiempo que murmura cosas ininteligibles. Solo unas pocas palabras le llegan al oído con claridad de frase: "El arquitecto de Dios". Una rígida mueca, emulación de una incompleta sonrisa, acentúa la certeza de que la gente repite todo clase de tonterías. Por suerte, ya la alta y oscura puerta de madera de Felipe Neri se encontraba allí, con su doble hoja y la figura en piedra del Santo sostenido sobre adornado dintel. Se quitó la gorra, y al empujar la hoja móvil de la puerta le pareció oír la voz de una trompeta, o tal vez, la bocina de un auto abandonando la cercana esquina. En otras circunstancias no hubiera dudado en tal disquisición, pero la luz que lo envolvió del otro lado, la misma que le apretara los parpados y a modo de visera le elevara su mano derecha para protegerle los ojos, oscureció por un momento su capacidad de juicio. Al instante, con voz de Arcángel y con voz de mando, la apacible calidez de la inundante Luz se dirige a él: pase Gaudí, pase, no se quede ahí, lo estaba esperando. Hace rato discutía un proyecto con los señores –quienes de espaldas estaban, con ojos enrojecidos de claridades, Bounarroti, Suger y Brunelleschi, sin pronunciar palabra alguna, convergen en él lentamente la mirada- y con urgencia, necesitaba su opinión.

Seudónimo: Dante Ferré